lunes, 13 de mayo de 2013

¿Qué hay de lo mío? Parte 2: La bancarrota

Las autopistas son uno de los mejores ejemplos (tras los bancos) de cómo funciona el liberalismo en nuestro país. Aquí se privatizan los beneficios y se socializan las pérdidas. Es un modelo de negocio fantástico. La bancarrota no existe, en su lugar, se le denomina crisis y los ciudadanos corren con los gastos de los errores de otros.

Bankia fue rescatada porque "no se la podía dejar caer", el Sareb fue creado para absorber los activos tóxicos de los grandes bancos españoles. En otras palabras, lo que les hubiera llevado a la ruina fue absorbido por el estado y ahora es parte de lo que pagan todos los españoles.

En España no existe el libre mercado a gran escala. Desde luego, han cerrado muchos negocios desde que comenzó la crisis, pero ninguna de las grandes empresas lo ha sufrido. En realidad, no es que no lo haya sufrido, si no que Papá Estado se ha asegurado de que no pudieran quebrar. Es una perversión del sistema económico. La caída y renacimiento de negocios es una parte vital de nuestro modelo de mercado. Empresas que otrora fueron gigantes terminan presas de la bancarrota y desaparecen, dando paso a empresas con nuevos modelos de gestión, quizá mejores, quizá más eficientes, y sobre todo, con nuevas ideas y con espíritu competitivo.

No es el caso sin embargo en nuestro país, donde la UE nos ha denunciado por beneficios excesivos y "falta de competencia" entre las grandes empresas. No es de extrañar que en nuestro país ciertos productos sólo suban, el modelo de negocio está construido de tal manera que sus máximos beneficiarios son los que deberían estar intentando conseguir la atención de los consumidores, en lugar de ser al revés.

Uno podría preguntarse por qué la luz siempre sube y nunca baja, por qué a ningún político parece preocuparle que nuestra factura sea cada vez más y más elevada... y es fácil saber por qué. Los que deberían ser árbitros del sistema son, en realidad, parte del mismo. España podría ser el primer país del mundo en innovación energética, pero cuando nuestros mandatarios están encontrando acomodo en las eléctricas tradicionales, lo único que sale en dirección opuesta, hacia las renovables, es más impuestos para dificultar su progresión y expansión.

Es ridículo. España podría tener un nivel de vida muy diferente, pero empresas que deberían caer en el sistema (como parte de su funcionamiento natural) no caen porque están protegidas por el estado, y las empresas que podrían crear una competencia de lo más interesante (y beneficiosa) para el consumidor, no pueden salir adelante porque son inundadas a impuestos y trabas burocráticas.

Excepción de honor en este apartado merecen las compañías telefónicas, donde la irrupción de empresas como Pepephone o Yoigo han provocado que Movistar, Vodafone y cia hayan tenido que cambiar su modelo de negocio hacia uno mucho más cercano a lo que vemos en el resto de Europa...


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